Alguien ha planteado un nuevo mapa territorial para España. Y ha logrado enfadar a todo el mundo

Alguien ha planteado un nuevo mapa territorial para España. Y ha logrado enfadar a todo el mundo

Cuando los padres de la Constitución llegaron al capítulo del modelo territorial decidieron fijar un mínimo común denominador sin mayor profundidad. Habría regiones autónomas, sin duda, y algunas de ellas accederían a su estatus por una vía acelerada. Pero cómo serían esas regiones y qué provincias incluirían sería una cuestión abierta. La composición de las comunidades fue un proceso largo, fascinante y emocional. Hoy sus fronteras parecen selladas.

Aunque no todo el mundo opina lo mismo.

La idea. Surge de Iniciativa, “un proyecto político socioliberal, europeísta y verde”, tal y como ellos mismos se definen. Su escala es más bien pequeña y se limita a las redes sociales, pero ha conseguido cierta relevancia planteando una reforma de modelo territorial español. O lo que es lo mismo, moviendo las fronteras de las comunidades autónomas. El mapa ha sido acogido con revuelo y ante todo con indignación. Allá donde se mueve una linde, el español reacciona con suspicacia.

La lógica. Iniciativa pretende así imitar los procesos de simplificación y minimización de las entidades regionales ya aplicado en Francia e Italia. Se trataría de fusionar comunidades autónomas para, en teoría, ahorrar gastos. Aragón, La Rioja y Navarra se juntarían en un solo ente para revivir la Ebrorregión, el proyecto enterrado (no sin sorna) de la aún más enterrada UPyD; Castilla-La Mancha se fusionaría con Extremadura y ambas quedarían bajo el paragüas de Madrid; Asturias y Cantabria serían una sola, así como la Comunidad Valenciana y Murcia.

Quedarían vivas, qué cosas, las autonomías “históricas” que accedieron a su estatuto por la vía acelerada: Andalucía, Cataluña, Galicia y País Vasco. También Castilla y León, para gran espanto del movimiento leonesista, así como los dos archipiélagos.

La reacción. Quizá para sorpresa de la propia plataforma, el nuevo mapa territorial de España ha captado la atención de miles y miles de usuarios en Twitter. Casi todos ellos descontentos. La idea ha tornado rápidamente en meme. A esta hora circulan por la red mapas reclamando la única modificación territorial admisible, la unificación de Castilla; la extensión de Navarra o Murcia a, err, todo el territorio peninsular; la brecha norte-sur; y un largo etcétera. En fin, todo el mundo ha encontrado un motivo para enfadarse medio en broma medio en serio.

El terruño no se toca.

Dimes y diretes. ¿A qué se debe tanto apasionamiento? Primero, a la propia naturaleza territorial de España. Mientras en Francia e Italia los estados liberales surgidos de sus respectivas revoluciones y unificaciones contaron con un marcado carácter centralista, anulando demarcaciones territoriales históricas y aniquilando lenguas propias en el camino, España corrió una suerte distinta. Dos de sus regiones más pujantes en el siglo XIX eran también dos de las más nacionalistas; en ese proceso sembraron el terreno para una descentralización estatal más aguda.

Cuando llegó la democracia, todas las regiones, existentes o por existir, quisieron su trozo del pastel, su taza de café. Se instituyeron como una realidad política insalvable.

Una nueva identidad. En el camino, reafirmaron viejas identidades e incentivaron otras. Diversos estudios han señalado cómo la “españolidad” de una mayoría de españoles se entiende a través de su adscripción a su comunidad autónoma. Es decir, se es español en tanto que se es asturiano y se es asturiano en tanto que se es español. Esto es algo corroborado con frecuencia en el CIS. Poco importa que La Rioja o Cantabria jamás fueran entidades “independientes” antes de 1977. Hoy sus habitantes las entienden como el marco en el que representar su identidad política.

La batalla. Esta dualidad, muy apuntalada por los particularismos de cada gobierno autonómico en busca de agravios frente al estado, ayuda a explicar por qué cualquier reforma del estado autonómico tiene un recorrido limitado. Sólo un partido de escala nacional, Vox, plantea desmantelar el estado autonómico; y no es el elemento más pesado de su discurso. Incluso en comunidades tan “españolas” como Madrid o Castilla-La Mancha un 50,7% y un 43% de los encuestados por el CIS en febrero del año pasado se sentían entre “tan españoles como de su comunidad” y “más de su comunidad que españoles”.

El largo halo del regionalismo, alimentado aunque fuere de forma folclórica incluso por el franquismo, es insoslayable en España. Cualquier proyecto de reforma territorial tendrá que lidiar con ello. El viejo sueño del mapa napoleónico de 1810 sigue muy lejano.


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Mohorte

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