Números

La escultural muchacha le pidió al tatuador: “Quiero que me pongas el nombre de mi novio, Joe, en cada una de mis bubis y de mis pompis”. “Lo haré con gusto -replicó el artista-, pero deberás pagarme por adelantado. La última vez que hice un trabajo semejante en una chica tan guapa como tú me alteré tanto que luego se me olvidó cobrarle”. No soy hombre de números, y ya no lo seré. Lo digo avergonzado: Estoy consciente no sólo de la importancia de las matemáticas, sino también de su belleza. Sé que en ellas se basan los saberes en que se finca gran parte de la vida humana, y la sucesión de los números -a cualquiera se le puede añadir el que le sigue- es la única forma de infinito que cabe en mi limitada comprensión. Tuve la inmensa desdicha de pasar bajo la férula de un mal maestro de aritmética en la secundaria, y ese áspero y pedantesco dómine me inspiró terror por una ciencia que es toda armonía, toda razón. Siento en mi formación ese vacío, y me da pena. Y sin embargo traigo hoy unos numeritos para dejarlos aquí como al desgaire, sin intención alguna, como si se me hubieran caído del bolsillo inadvertidamente. El año 2004 Hugo Chávez llevó a cabo en Venezuela un llamado “ejercicio revocatorio”. De él salió triunfante, y su Gobierno dictatorial quedó fortalecido. Veamos los números de la votación, según cifras oficiales y encuestas que después se hicieron. Electores que estaban a favor de Chávez y que votaron por que siguiera en el poder: 5 millones 800 mil 629. Ciudadanos que estaban en contra de Chávez y votaron por que renunciara: 3 millones 939 mil 008. Venezolanos que estaban en contra de Chávez, pero por diversas consideraciones se abstuvieron de ir a votar: 4 millones 222 mil 269. Si estas cifras son ciertas, y los votantes que no participaron hubieran participado, muy probablemente las cosas habrían sucedido de otro modo en Venezuela. Más no digo, pero ahí dejo esos números para los efectos a que haya lugar, si algún lugar hay para ellos. Siniestro era el aspecto de aquel hombre que entró sin acompañamiento en el burdel. Vestía una gabardina de tela ahulada color caqui que le llegaba casi hasta los pies, y se cubría con un sombrero fedora cuya ala le ocultaba la mitad del rostro, a la manera de George Raft. Se dirigió a una de las mujeres que ahí hacían comercio con su cuerpo y le dijo sin más con sorda voz: “Te ofrezco cinco veces más de lo que cobras, pero lo haremos como yo quiera”. La sexoservidora pensó que aquel sujeto era seguramente un sádico que gustaba de infligir crueles maltratos a sus parejas, y rechazó la oferta. El hombre fue entonces con otra de las pupilas y le hizo la misma oferta. Ésta supuso que el individuo era de los que pedía hacer cosas contra natura, y como era ambientalista se negó igualmente a la demanda. Sin embargo le señaló a otra y le informó: “Aquella, habiendo dinero de por medio, agarra hasta puñaladas”. La información era veraz: Cuando supo que el tipo ofrecía quintuplicar la tarifa vigente la pendona aceptó lo de: “Ha de ser como yo quiera”. Se fueron los dos a una habitación. Suspensos, intrigados, tanto los clientes como las daifas se aglomeraron ante la puerta del cuarto para tratar de adivinar lo que en su interior sucedería. No oyeron gritos, ni escucharon exclamación alguna de enojo o de pasión. Pasado un tiempo razonable se abrió la puerta y salió el hombre poniéndose la gabardina y calándose el fedora, y se retiró del lugar calmosamente. En seguida apareció la mujer mascullando denuestos y maldiciones. Le preguntó una de sus compañeras: “¿Cómo quería ese hombre?”. Contestó, mohína y rencorosa, la otra: “Igual que todos, el cab…, pero fiado”.

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